John Goethe y Napoleón Bonaparte. Apuntes de fin de año.

Los días de fin de año son muy especiales para reencontrarnos a nosotros mismos en vísperas de un nuevo ciclo que comienza con un nuevo periodo de tiempo, en el cual queremos diseñar la mejor versión de nosotros mismos; por esa razón encuentro sumamente saludable la posibilidad de pausar nuestro desempeño laboral, cada quien en la medida de sus posibilidades, para invertir ese tiempo en oxigenar nuestro cerebro, y que esta acción nos lleve a la más íntima estructura racional que como seres humanos podemos tener.

Es un tiempo que podemos invertir en conocer la historia de los grandes personajes, esto siempre será una invitación para tratar de imitarlos en su grandeza. Nos sirve de punto de referencia para medir qué tan grandes o pequeños son nuestros actuales protagonistas de la política. Cuando la referencia es tan elevada como lo son estos dos contemporáneos, el alemán John Goethe y el francés Napoleón Bonaparte, cuya mutua grandeza es incuestionable, pero que a la vez nos atrapan y sentimos esa grata sensación de su inmensidad histórica que nos impele a ser como ellos.

Es un hecho notable el que Goethe, hombre civil por excelencia, hombre de toga, haya desarrollado su actividad más fecunda en medio de la guerra, en ritmo paralelo con el de ese hombre de armas por antonomasia, que se llama Napoleón. Porque esos años en que Goethe consolida su imperio cultural, son los mismos en que el hasta entonces Bonaparte pasa a ser el gran Napoleón y funda un imperio político sobre la base de sus armas victoriosas.

Cabe señalar que estas dos naturalezas, el intelectual y el guerrero, cada uno en su esfera y por acuerdo tácito, casi místico, tienden a un mismo fin y son mandatarios de una misma voluntad del Destino (con “D” mayúscula), Goethe hombre de pensamiento, y Bonaparte, hombre de acción, son curiosamente antagónicos y complementarios, y por encima de la aparente antítesis tienen mucho de afines. Ambos tienen de común, sobre todo, esa insaciable libido que se aplica a todo, y todo quiere absorberlo e incorporarlo para incremento de su personalidad, y si nos dejamos influenciar incluso de la nuestra.

Querido y dilecto lector, es importante ubicar en este relato que Napoleón es, como Goethe, un espíritu enciclopédico, que lo abarca todo con una mirada intuitiva que responde al vistazo sintético de Goethe. Napoleón como Goethe, lo es todo: estratega, político, literato, pues tradujo al francés los comentarios del emperador romano César, artista que ha hecho de la guerra un espectáculo de gran estilo, y por todo ello es un organizador sumamente admirable e indiscutiblemente insuperable.

Ha encontrado a Francia en la anarquía y el caos, y no culpa a nadie, pero aquí viene lo verdaderamente admirable, de esa nación hecha guiñapos comenzó a hacer un imperio. Y aquí viene lo bueno, lo genial, Napoleón para sus fines, rodéase de poetas, pintores y hombres de ciencia y de esta forma reúne sus esfuerzos aislados en una síntesis superior y fecunda, realizando una obra en la que él apenas pone sino su rúbrica. Es la ingeniosa suma de talentos, tan complicada para muchos de nuestros actuales dirigentes que no conciben inteligencias superiores a las de ellos.

De igual forma procede Goethe rodeado de especialistas que laboran aislados y ahondan en una ciencia sola hasta perder la visión del conjunto, Goethe los une, recoge los frutos de su labor de topos y forma gavillas y ramilletes de saber, dorados por su sol poético. Cualquiera de esos hombres vale tanto o más que él, es un reyezuelo en su dominio, pero les falta el cetro imperial de la síntesis con que Goethe los señorea.

Habrás notado sesudo lector, que Goethe, como Bonaparte, es un intuicionista porque es un poeta, de igual modo que lo es aquel también en un sentido superior. Goethe tiene en su cabeza el mapa del saber, como Napoleón el de la geografía política de Europa, y aspira a anexionarse provincias científicas, como el otro estados y reinos.

Concluyo la presente columna puntualizando que hay un evidente parangón entre ambos, de esta afinidad podemos inferir cierta simpatía y hasta cierta emulación entre ellos. Quizá Napoleón haya envidiado la pluma de Goethe y éste la espada victoriosa del gran estratega militar.

El sueño es que, leyendo sobre los grandes, aspiremos a su grandeza, puesto que un genio, de cualquier índole que sea, influye tónicamente sobre los otros; y Napoleón es un genio de la guerra y sus armas, como Goethe lo es de la paz y sus plumas.

El tiempo hablará.

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