La Playa Bagdad.

“Antes de Partir” (The Bucket List) es una película extraordinariamente protagonizada por Morgan Freeman y Jack Nicholson, ambos con una indiscutible capacidad histriónica que nos atrapa, el primero muy suave y el segundo sustancialmente estridente en su actuar. La trama tiene que ver con dos personajes de edad madura que coinciden en un hospital en el cual a ambos se les diagnostican ciertas enfermedades que les hace inferir que les queda poco tiempo de vida.

A partir de ese momento de su existencia entablan una amistad que no tenían antes de llegar al hospital y en función de esa coincidencia médica tan lamentable deciden hacer una lista que incluya realizar acciones que hasta entonces no habían podido llevar a cabo. En la lista aludida incluían viajes a lugares sofisticados, los cuales visitarían antes de que la inexorable muerte les llegara.

Pues bien, después de este preámbulo cinematográfico, me permito traer a colación una experiencia que debería vivir toda persona que anhele la placidez de una playa, que ciertamente no cuenta con una infraestructura turística de gran calado, pero que la naturaleza ha dotado de un contexto bastante generoso para disfrutar una estancia que aporte al espíritu una grata sensación al dejarse atrapar por la fascinación de una talasoterapia excepcional.

Visitar la Playa Bagdad de Matamoros puede parecer una experiencia irrelevante pero no lo es. Las aguas del Golfo de México nos permiten unos baños marinos que nos acarician la existencia y nos hacen entrar en un trance existencial que nos lleva a meditar, y con ello filosofar es inevitable. Me hace recordar aquella frase de Galileo: «La filosofía está escrita en este grandísimo libro que continuamente está abierto delante de nuestros ojos, me refiero al universo”.

Lo planeamos el viernes por la noche, iríamos a la playa sin ningún propósito en particular, solo por el gusto de ir. Se llegó la fecha y la hora indicada y nos trasladamos en un solo auto mi hija, mi sobrina, mi cuñada y yo. La temperatura más que templada era cálida, con un cielo bastante despejado, sin nubes. Iniciamos el viaje y me tocó manejar. Hago esta puntualización porque este dato me permite calificar la calidad del trayecto.

La carretera que nos llevó de Matamoros a la Playa Bagdad bien pudiera calificarla como una de las mejores en todo el país, además de muy bien vigilada. Sin desplazamientos incómodos ni tramos carreteros que afecten los automóviles o la comodidad de los viajeros. Llegamos y la inmensidad del agua combinada con la inmensidad del cielo azul tuvo un efecto que me hizo amar más mi ciudad.

La mágica combinación de colores variados del agua salada, que van del color arena iniciando en la orilla del mar, le sigue el verde olivo que dibuja en el horizonte una línea infinita, color verde turquesa, que se junta en esa infinitud con el azul marino del cielo de esas aguas extraordinariamente mansas, que hacen a cualquier matamorense con sensibilidad estar orgulloso de pertenecer a esta geografía; gracias a todo ese paisaje descrito de manera espontánea podemos concluir que nos tocó vivir en una hermosa tierra, o más bien hermosa agua.

Es inevitable no aceptar la invitación de este concierto de colores para sumergirse en ellos. Nos introdujimos en estas aguas poéticas que acariciaron nuestra existencia; las sensaciones de ser uno solo con ese mar son una fuente inagotable de oxitocina, esa hormona que dicen nos ayuda a construir confianza y emociones saludables. Pudimos experimentar la metamorfosis continua e intermitente de aguas cálidas a aguas frías. ¡Dios mío! ¡Qué sensación tan más grata!

Regresando al punto inicial de este escrito y haciendo un hiperbólico juego de palabras, creo que “Antes de partir” de esta vida no debería existir una sola persona en este planeta que no visite la Playa Bagdad, por la magia que oculta en un lugar sin la infraestructura turística idónea para la dimensión de la belleza que transpira a quien acepta el reto de visitarla.

Miguel de Unamuno amó Salamanca, su ciudad de origen, quizá porque descubrió los encantos de su tierra. Gabriel García Márquez hizo lo propio con Aracataca. Aprendamos de estos dos grandes y seamos nosotros, los matamorenses, los mejores promotores con clase de la ciudad que nos da de comer. Los argumentos los tenemos, solo hay que buscarlos, encontrarlos y proyectarlos.

Querido y dilecto lector no se muera sin conocer la playa de Matamoros de nombre Bagdad.

El tiempo hablará

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