Alea jacta est, Julio César.
Esto de estar en veda electoral ya me está gustando sustancialmente, pues apagamos la batahola electoral que cada vez que se da nos fastidia la existencia y más aún porque, dada la experiencia de otros procesos y otros que han llegado al poder, sabemos con certeza de que más tarde que temprano algo harán que no nos guste, de tal forma que el músculo de la decepción lo tenemos bien desarrollado con todos los que nos crearon expectativas, llegaron al poder y sufren una metamorfosis, de tal manera que les fluyen conductas que no esperábamos. Such is life dirían los anglosajones.
Escribir es un placer que toca todos los rincones de nuestra esencia. En una ocasión mi amigo Elmer Mendoza dijo que para poder escribir un libro, primero habría que leer 500, pero según sus palabras, ya sobrio corrigió la cantidad y la dejó en 300. El detalle es que una vez que se tiene cierta práctica las letras fluyen sin pudor ni rubor alguno.
En ese tenor hoy quiero contar una historia que por mucho tiempo he considerado patrimonio exclusivo de unos cuantos adustos y eruditos varones, y que hay que compartir y proclamar urbi et orbi a los cuatro vientos, norte, sur, este y oeste. Un cuatro que me recuerda a los jinetes del apocalipsis. Mera coincidencia.
La vida de Julio César, ese que nos parece que vivió hace mucho tiempo, y que no debería su historia sernos tan ajena. La de él es una vida que nos acaricia el oído y nos subyuga el alma por la riqueza de contenido y de enseñanza que aporta a nuestra existencia. A este fantástico personaje le debemos la expresión “Cruzar el Rubicón”. Tan grande fue como personaje que dejó huella permanente para la posteridad, y hoy 20 siglos después sigue presente. Peritísimo en batallas.
Y usted dirá sesudo lector: ¿Qué carajos es Peritísimo? Yo con gusto amplío su léxico diciéndole el significado: experto en batallas difíciles. Fue allá por el año 49 A.C., cuando Julio César, como a muchos de nosotros nos ha pasado, tomó una de sus decisiones más difíciles, que fue precisamente cruzar el río Rubicón, frontera natural entre la Galia e Italia. De esta forma, comenzó una cruenta guerra por conseguir el poder por la fuerza y quizá por la razón. No hay nada nuevo debajo del sol.
Curiosamente la decisión la tomó una noche como puede ser cualquier noche de nosotros, después de una suculenta cena, pero también después de haber dado el visto bueno a la construcción de una escuela de gladiadores en los coloridos mosaicos que engalanan los edificios del centro de la ciudad de Ravena en Italia.
Fue en un momento poético. Aprovechando la noche, y muy cerca del amanecer, se reunió con sus consejeros a los que sí escuchaba, pues bien sabía que en la multitud de consejos está la sabiduría para cruzar el emblemático río que haría famoso. Julio César era consciente de lo que suponía atravesar el Rubicón al frente de sus tropas: Lo mismo que hoy piensa Putin si entra a Ucrania, una declaración de guerra. La historia es fascinantemente cíclica.
Las palabras de Pompeyo, el mandamás en Roma, y del propio Senado romano para no realizar la hazaña retumbaban en Julio César, pero no pudieron causarle sorpresa ni disgusto las mordeduras de la crítica y los mordiscos de la envidia, que vinieron con la fama emparejados, porque sólo la mediocridad se apareja con las unánimes voces que pretenden intimidarnos para no atrevernos a realizar la batalla que cambiará nuestras vidas, cruzar el Rubicón.
Querido y dilecto lector, fue precisamente en esa ocasión, cuando pronunció una de sus frases más famosas para la historia y cuidando de no sacrificar a la rotundidad de la frase la claridad del pensamiento, superando sus temores, filias y fobias, como las que todos tenemos frente a decisiones que implican un gran cambio en nuestra vida; después de suspirar al ver el tamaño del reto, emitió en latín tres palabras cuya destinataria era su propia conciencia: “Alea jacta est”, que significa “La suerte está echada”.
La vida que tenemos es producto de las decisiones que tomamos, y esta de Julio César supuso, de facto, el inicio de una guerra civil. El 11 de enero del año 49 A.C, Julio César hizo lo impensable, invadió Italia. Pompeyo, César en Roma, y el propio Senado romano, los fantasmas de nuestro personaje en cuestión se dieron cuenta de la imposibilidad de enfrentarlo, entonces Pompeyo, se vio obligado a retirarse a Grecia.
Hoy en día “Cruzar el Rubicón” en forma positiva es realizar esa acción que nuestros temores nos han hecho retrasar pero que nos cambiara la vida para bien, y en forma negativa es aquella acción que al realizarla nos traerá graves consecuencias.
El tiempo hablará.