Historias de Matamoros. Costuritas (II)

El deslumbramiento que ocasionó en Costuritas su nueva residencia en Xicoténcatl, Tamaulipas con respecto a la ranchería de Tamasopo, en San Luis Potosí, es la diferencia que hay entre un paraíso y un desierto, pues pudo conocer cotidianamente dos elementos que son síntomas indiscutibles del desarrollo: los aviones que fumigaban y el tren con sus respectivos ferrocarriles, que en su mente de niño superaban todas las expectativas que él tenía del progreso y del desarrollo.

Observaba con emoción y devoción el vuelo de esos aparatos enormes y se preguntaba:

  • ¿Cómo es que vuelan?

¡Qué profundamente tiene que ser meditado aquí cada detalle! Sintió entonces un júbilo universal y en la primera ocasión que pudieron, sus hermanos y él se subieron a un avión parado y jugaron a que eran pilotos, era una diversión que jamás había tenido ni imaginado; su humanidad creció porque su mente se amplió y mística e inexplicablemente los horizontes del futuro pintaban mejor.

Ya estando en primaria su hermana mayor decide llevarlos de regreso a San Luis Potosí para que conocieran a su papá, esa figura paterna que se estaba difuminando con el paso del tiempo. Para entonces, la imagen de su padre era más bien abstracta, etérea y lejana. Para Costuritas el viaje era para ir a conocer a un señor que no había dejado huella en él, fue más una necesidad de la hermana mayor que un anhelo existencial de los hijos pequeños.

El romanticismo de su hermana se topó con la fría realidad de un padre sumamente ocupado en sus labores del campo, que no tenía en su radar la necesidad de saber de sus vástagos, los hijos de Leodegaria. Y Don Florentino, a falta del auténtico amor paterno, intenta ganarse el afecto de sus hijos a golpe de regalos, y así les decía:

  • ¿Te gusta esa vaca? Ponle una marca y es tuya.

De esta manera recorrió todos los animales que tenía para ofrecerlos a sus hijos, a unos vacas, a otros caballos, cerdos y hasta burros. Todo fue una burda simulación para ganar el corazón de los hijos, pues en realidad los animales seguían siendo de Don Florentino y en la mente de Costuritas él seguía sin padre después de una repartición que jamás lo ilusionó. De los cuatro hijos que fueron el único que se regresó a Xico fue precisamente nuestro personaje en cuestión.

Aquí hago una pausa para expresar que Doña Leodegaria, mamá de Costuritas, fue una mujer nacida en Naranjos, Veracruz, que sabía leer, escribir, poner inyecciones y entablillar a muchachos a base de haber tenido tantos. Cuando pregunté la razón de haber escogido Xicoténcatl como destino puntual de vida para sustituir una rutina de insatisfacción en Tamasopo, la respuesta quedó en el limbo de lo desconocido e inexplicable. No había familiares ni amistades para quien no encontraba su medida y su cauce. La única explicación es de sesgo místico, partiendo de un realismo mágico o intervención divina, pensando que el destino tejía fino a favor de Costuritas y lo mismo que en la tempestad a la gaviota, su poderoso futuro lo arrastra cada vez con mayor poderío y más hacia lo alto.

Costuritas y sus hermanos tenían que hacer malabares entre su tiempo en el trabajo y su tiempo en la escuela primaria, de tal forma que en cada mandado que hacían pensaban siempre en que había que ir a la escuela, la actividad laboral no debía afectar la académica. Esta consiga la llevaron a tal extremo y radicalidad, que en una ocasión que pasaba un tren de muchos vagones, él y sus hermanos se detuvieron y al ver que el tiempo se consumía determinaron pasar por debajo del tren en pleno movimiento para poder llegar a tiempo a la primaria.

Querido y dilecto lector, cabe señalar que su mamá no tenía tiempo para cuidarlos, pues su trabajo como sirvienta en las casas de los directivos del ingenio azucarero le absorbía los días; trabajaba ella y trabajaban ellos, los hijos pequeños; no faltaba quien le llevara el chisme de la conducta de los chamacos. En un pueblo chico todo se sabe y siempre hay gente comunicativa.

Cuando Doña Leodegaria se enteró del atrevimiento o arrojo de sus hijos, que arriesgaban en medio de su trabajo la vida por la academia en las vías del tren en movimiento, vino a su mente la imagen trágica de ver a sus hijos sin vida y se dio cuenta que las consecuencias de perder a un marido es peccata minuta, pero jamás podría lidiar con perder a un hijo en forma tan trágica. Tenía que asegurarse que no volviera a suceder. Ese día fue un cataclismo para Costuritas y sus hermanos, Ella solo les dijo:

  • ¡Ni metan las manos!

Fue una corrección dura, dramática y legendaria, pero funcional, Costuritas aún vive. Esta historia continuará.

El tiempo hablará.

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