Evidencia empírica.

Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré. Santo Tomás. S. Juan 20:25.

La presente columna parecerá una narrativa de evangelización; a mis amigos gnósticos o ateos podrá parecerles una ofensa, sus ojos y su entendimiento sentirán una especie de urticaria existencial y en función de su poca o mucha tolerancia a la otredad narrativa concluirán su lectura a la brevedad posible.

Mis amigos cristianos, quizá asuman que ésta es la mejor de mis columnas. La verdad es que el contenido puede ser de utilidad a unos y a otros. Me he dado cuenta que cuando inicio mis columnas sugiriendo que no me lean o que si lo hacen es bajo su propio riesgo, más gente me dice que me leyó; como que está incrustado en la naturaleza humana sentir atracción por lo que nos parezca prohibido o restringido. “Such is life” diría Shakespeare, y mi maestro de literatura en la universidad ya me hubiera mandado a segunda por haber incrustado esa expresión anglosajona en medio de mi sintaxis y semántica castellana.

Sesudo lector, después de haberte distraído con esta prolongada digresión, y para contextualizar mi relato, debo mencionarte que gran parte de mi vida fui educado en el temor de Dios, entendiéndose éste como el sumo respeto humano a Dios; y en mi educación occidentalizada creo que eso del ser supremo tiene que ver con la trinidad, Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo.

Desde muy niño se metió información en mi mente diciéndome que después de esta vida hay otra, y que para poder llegar a esa vida eterna había que cumplir con una serie de requisitos; a mi mente de niño le dio flojera tantas condicionantes para llegar a una vida eterna que entonces me parecía incierta. Luego mi entendimiento pueril se defendió y mejor guardó esa información para una edad más avanzada, pero eso sí, acepté de golpe y porrazo todo lo que tenía que ver con la Navidad, esa creencia no tenía condicionamientos y los beneficios eran inmediatos. Ahora que lo digo concluyo cuan miserable es mi humanidad por convenenciera.

Con el devenir del tiempo la plácida infancia se fue y llegó la agobiante adolescencia, y con una madre tan devota como la mía que oraba de rodillas por horas, era imposible la procrastinación espiritual en el tema de volver a los requisitos para lograr el pasaporte a lo que ya conceptualizaba como “vida eterna”. No pude evadirlo y entonces un buen día alguien me dijo: “Nombre, no son tantos requisitos, solo cree que Jesucristo murió por ti y ya estás del otro lado”. Wow.

Querido y dilecto lector, si eso lo quieres creer, bien y si no lo quieres creer, también bien. Nuestras creencias o “no creencias” son facturas que se pagan a futuro, algo así como “El juego del Calamar” según Netflix. Después de todo como raza humana ya estamos bastante grandecitos para que cada quien crea lo que quiera, solo tengamos presente el aforismo paulino que dice: Bienaventurado aquel que no se condena a sí mismo en lo que aprueba. Gulp.

El punto al que quiero llegar es que esa expresión de Santo Tomás, aparentemente de incredulidad, me parece una estupenda lección para esta época de la posverdad. La filosofía tomasista de ver para creer es oro molido para aplicarlo en las redes sociales y en la política. Tantas verdades a medias como mentiras completas que se repiten con insistencia para presentarlas como si fueran la verdad única y que las digerimos enteras por mera comodidad ideológica, muchas veces sin el menor recato para analizarlas. En ese tenor creo que el conocimiento humano debe partir de nuestra experiencia propia, nuestra evidencia empírica.

Dice la RAE que el empirismo es el método o procedimiento que está basado en la experiencia y en la observación de los hechos. En el tema de la reforma eléctrica escuché con la credulidad de un niño a la secretaria Rocio Nahle decir que la tarifa eléctrica promedio en nuestro país es de 5.2 pesos por kilowatt hora. Ahí está la mañanera del lunes 11 de septiembre.

Debo confesar que jamás en mi vida había leído mi recibo de la luz. Agradezco a la secretaria Nahle haber instigado ese deseo en mí. Pues resulta que me aboqué y aprendí a leerlo. Tengo dos tarifas, una es de 0.769 y otra por 0.894 por kilowatt hora, muy lejos del 5.2 mencionado. Ya metido en la investigación encontré que esta tarifa tan alta solo se aplica al 3% de los usuarios en el país. La duda es la madre del conocimiento.

Santo Tomás nos hizo un gran favor a posteriori con su conducta, y vaya que él no conoció la posverdad. Jesucristo le respondió: La verdad te hará libre Tomás. Amén.

El tiempo hablará.

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