El mejor portero fue un pediatra.

Que distinta Venecia si me faltas tú. Julio Iglesias y Charles Aznavour.

El 23 de octubre pasado, el Colegio de Pediatría le rindió un homenaje a mi hermano Guillermo Alfonso, del cual no había podido tocar el tema por cuestiones propias del giro. Pero siendo reminiscencias con un alto contenido de nostalgia y de esencia familiar no podía simplemente dejarlo sin dedicarle algunas letras, que siempre serán pocas por la gran persona que fue, un extraordinario imperfecto perfecto.

Cuando abordo el tema de mi hermano fallecido, lo hago con una sonrisa en el alma y creo que bien está que me muestre elegante, elocuente y, si cabe, perfecto: a cuyo fin procuro enjuagarme a menudo la boca con el añejo y fragante vino de los clásicos, que remoza y fortifica el estilo nostálgico de un recuerdo que presumo jamás me dejará.

Crecimos en una familia con el amor medular de nuestros padres siempre juntos; ese dato nos marcó rotundamente como personas. Pero hoy no quiero tocar el tema de cuan romántico era Guillermo como persona, o quizá sí, la narrativa lo irá marcando. Con esta pandemia que ha flagelado al género humano y en este nuevo horario, mi espíritu siente el tiempo más pausado y con un estímulo especial para recordar y volver a vivir lo recordado.

Ya lo he dicho antes, fuimos seis hijos que en cuestiones de estudio, tres nos iríamos a Monterrey, la tierra de mis padres, ese feroz y feraz terreno; los otros tres estudiarían en EU. En la Sultana del Norte nos entregábamos dulcemente al placer de existir, de gozar sueños reparadores y digestiones insensibles con los platillos que mi hermana Adriana hacía para nosotros, sobre todo el delicioso platillo del chicharrón prensado con unas fastuosas tortillas de harina, todo preparado por ella; Guillermo y yo lo sabíamos, fue nuestra segunda madre en Monterrey.

Penetrado de la realidad de cuanto me rodea, el Monterrey lejano me parece una comarca fantástica para adornar el recuerdo de mi hermano, su sentido del humor no era ácido ni vitriólico, era más bien agradable, no le gustaba que lo importunaran cuando parecía absorto en algún asunto importante.

Debo mencionar que siempre fue de buena figura y desbordante de salud. Instigados por él estuvimos en un equipo de fútbol en Monterrey. Ya de regreso a Matamoros puedo decir que nos internacionalizamos un poco al incorporarnos a un equipo en Brownsville. Lo suyo fue ser portero aunque jugaba de todo. Le decíamos Nahuel por su afán de jugar muy lejos de la portería y controlar al equipo desde esa posición.

Perdíamos muy seguido. A razón de eso me decía un argumento muy estoico y práctico: “A nuestra edad, más importante que ganar es divertirse”. Ese era un consuelo muy oportuno y muy gracioso. Nuestras derrotas más que frustración nos producían risa saludable. Dopamina pura.

Algo que recordamos mucho fue que en una ocasión comenzamos perdiendo los tres primeros juegos de la liga. El cuarto juego, por obra de la dulce casualidad o de lo veleidoso que es el fútbol empezamos ganando 3 a 0. En una jugada en que se marcó un faul en contra nuestra, pareció que entregamos el balón lentamente para ganar tiempo. Un jugador del equipo contrario se quejó con el árbitro diciendo: “Así le hacen siempre que van ganando”.

Vi a Guillermo acercarse al árbitro, aún recuerdo su rostro, alrededor de sus ojos, que eran claros, pequeños, vivos y brillantes como puntos luminosos y con una expresión pensativa y serena, apareció una leve sonrisa impregnada de cierto matiz irónico y dijo: “Eso no puede ser cierto porque es el primer juego que vamos ganando”. No éramos el mejor equipo, por mucho, pero jugar fútbol era parte de nuestra ansia de vivir y lo disfrutábamos enormemente.

Ese era Guillermo, con él podía soltar de un golpe toda la carga de mis tormentos. Me doy cuenta que escribir de mi hermano es, en medio de tantos recuerdos y vivencias compartidas, una clara muestra de vivir redondeando el rosa moralizante de la anécdota. Este ejercicio literario me sostiene y me mantiene flotando en medio de una eterna delicia. Todo esto tiene para mí algo de atractivo, algo sumamente encantador.

Querido y dilecto lector, me puse a escuchar en silencio algunos de los recuerdos que me invadían; traídos del pasado por mi subconsciente que le pertenece totalmente a mi amado hermano, quien a pesar de su inmensa sabiduría y de su ámbito misterioso, tenía un peso humano, una condición terrestre que lo mantenía enredado en los minúsculos problemas de la vida cotidiana.

Es grato recordarlo con “Venecia sin ti” con Julio Iglesias y Charles Aznavour, juntos o por separado, o la instrumental con Franck Pourcel quienes amenizaron nuestra vida de estudiantes en Monterrey. Esta narrativa nunca termina.

El tiempo hablará.

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