Urgidos de Palabras que nos inspiren.

Jorge Chávez

En mí desenfrenado afán y pasión por conocer más de los hombres de nuestra historia, anduve pergeñando en la vida de José Vasconcelos, fundador de la SEP; y a riesgo que se me acuse justamente de plagio quiero replicar algunas de sus palabras que expresó en uno de sus tantos discursos.

El presente fue dirigido a los maestros, lo considero oportunamente inspirador y arrolladoramente vigente para el momento que hoy estamos viviendo a pesar de haber sido dicho en 1923, y yo aqui enhebrando recuerdos color sepia.

Disfrútalo querido y dilecto lector:

Llevo algunos años de ser por ley el jefe de los maestros, nunca he podido sentirme jefe, porque debe mandar quien está más alto moralmente y yo no puedo compararme con quien ha tenido el mérito indiscutible de la labor obscura y constante de quienes saben que no tendrán otra recompensa que la de sus propios corazones llenos de bien.

Consiente de esta situación que me produce confusión y ternura he tenido que imponerme un antifaz de sequedad o de indiferencia para poder seguir adelante; sequedad e indiferencia agravados por el intento de no prodigar frases de halago o de afecto a causa de una especie de pudor, de aparecer como un farsante que pronuncia palabras delante de casos que reclaman justicia pronta y eficaz remedio. De esta suerte, mi propia impotencia me volvía mudo, pues me decía que no era honrado ofrecer migajas para ufanarse en seguida de magnánimo.

Tales encontradas emociones y cierta habitual inquietud de mi espíritu pueden haberme llevado a cometer rudezas que deploro, franquezas que a veces lastiman, descortesías y hasta violencias.

Pero jamás uno solo de estos arrebatos estuvo inspirado por el desdén, no hubo desdén como no ha habido tampoco en mi ánimo piedad, hubo amor mal expresado si se quiere, amor que deseaba expandirse, y animo de justicia, y anhelo de que cada quien se levante movido del propio esfuerzo. El miedo de pasar como uno de los tantos impostores de la política me hizo reservado.

Ahora que ya nadie puede sospechar intensiones ruines, me complazco en declararles algo que hace tiempo me rebosa del pecho y que sería avaricia seguir conteniendo: La enorme gratitud que les debo por su colaboración y por su ejemplo, y también por haberme infundido la confianza de que la patria podrá salvarse, merced, a las virtudes que ustedes practican.

Yo vine a este puesto de jefe de la educación nacional por uno de los azares de nuestra política. Como todo el que ha corrido mundo traía en el corazón cenizas y en la cabeza algunos planes.

La larga ausencia me había dejado sin compromisos ni alianzas, y salvo uno que otro efecto antiguo me halle como si volviera a nacer en un medio conocido antaño. Al mismo tiempo mi antigua vida me había hecho inepto para encenderme en la llamas del afecto personal, lo que me hizo poner mi ardimiento entero en la empresa colectiva que hemos ensayado, de educar a un pueblo.

De esta suerte, la común tarea nos ha ido atando con esos lazos de parentesco del espíritu, así, he llegado a crear familia nueva entre ustedes a tal punto que mis afectos de hoy están casi totalmente entre los empleados, los colaboradores, los maestros de la SEP y los maestros todos de la República.

Y tal es la sinceridad de esta nueva pasión que el grado de mi afecto ha llegado a medirse en cada caso por el empeño que veo poner en la labor común. Quiero al que trabaja y no puedo ver al que estorba. No sé si esto es perder el corazón que ya no se adhiere a la persona, o si es más bien agrandarlo porque se apega solamente a la inmensidad del ideal.

El buen maestro aunque carezca de fe, ha de inspirarse en una especie de sentido de limpieza que condena la mentira y repudia la maldad. Y ya sea fríamente, con la fría lucidez implacable de un gran dolor o con el cálido entusiasmo de una pasión radiante, el maestro tiene que ponerse a revisar todos los valores sociales, tiene que retroceder a los comienzos, tiene que desgarrar la historia para rehacerla, rehacer la Moral, rehacer la Historia, solo así podría evitarse que los niños de hoy repitan las historias del día.

¿Conforme a que criterio se hará este nuevo juicio de los hombres, esta revisión de los valores sociales?

Ofrezco, desde luego, una formula, quizá incompleta, pero eficaz y sencilla. No hay más que dos clases de hombres, los que destruyen y los que construyen. Y solo hay una Moral, la antigua y la eterna, que cambia de nombre cada vez que se ve prostituida. De acuerdo con los tiempos podríamos llamarla la Moral de servicio, según ella habría también el hombre que sirve y el hombre que estorba. Aplíquese esta pauta no solo a la historia, sino a toda la gente, al gobierno y al pueblo. Hasta aquí la cita.

Las palabras pueden inducir para construir y para ser mejores personas. Esto continuará.

El tiempo hablará.

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