Una plaga irreverente.

Jorge Chávez

Llegó en un momento en que no la esperábamos. Se estacionó en nuestras vidas y se dispone a moldearla más allá de nuestra voluntad. Se llama la pandemia por el coronavirus y nos tiene en un enclaustramiento obligado llamado cuarentena. Todos esos conceptos los teníamos ubicados como algo etéreo, abstracto y ajeno a nuestras vidas y hoy forman parte activa de todos quienes habitan este mundo; ricos y pobres, de tal forma que una igualdad que no pudo hacer ninguna ideología lo vino a hacer la biología.

Todos los días nos empapamos de este hecho de carácter mundial que nos hermana a todos sin excepción. Con cuanta curiosidad registramos esta noticia con la certeza de que en el futuro tendrá un valor histórico al nivel del descubrimiento de América o de la llegada del hombre a la luna; y en el andar de los días nos damos cuenta que se cumple como justa compensación para nuestro planeta el descanso que tanto necesitaba por el calentamiento global y que nos resistíamos a darle.

La pandemia se va desarrollando según lo programado por los verdaderos científicos que no están comprometidos con ninguna ideología. Primero la ciencia, después los prejuicios. Se trata de un virus que fue descubierto en diciembre pasado por un científico chino que ya murió y al que ignoramos porque sus afirmaciones no se acomodaban a nuestra rutina. Somos la generación más comodina e irreverente en toda la historia de la humanidad.

Un virus con un supremo desenfado que no respetó la situación política de ningún país. Ni el comunismo chino, ni el capitalismo de Italia, Francia, España y EU, mucho menos la anticipada 4T de López Obrador en México. Un Covid 19 que no reconoce la “fuerza moral” de nadie y tampoco ningún discurso político actual, y ante la retórica de los líderes que puede ser muy manipuladora o intimidante, el virus hace su trabajo con una precisión de sicario de Mario Puzo.

Nos dicen que esto es temporal como si el Coronavirus fuera un empleado que recibe órdenes. La realidad es que probablemente opte por quedarse muchos meses más, ya que hasta el momento no se conoce su dinámica evolutiva. Las referencias históricas que tenemos son la peste negra en 1347 y la fiebre española en 1918, las cuales estuvieron más de dos meses afectando a la humanidad entera.

Querido y dilecto lector, paradójicamente el mejor aliado del coronavirus es la humanidad misma con su obstinación por seguir viviendo la vida como si no pasara nada. La receta redentora es quedarse en casa, pero en la sencillez de la solución esta lo complicado de su acatamiento.

¿Cómo es posible que un virus tan letal tenga una solución tan simple? Pareciera que en el subconsciente colectivo queda la siguiente idea: si la solución es tan sencilla, luego entonces el virus no es tan letal. Trágica deducción. Vaya que somos necios los seres humanos.

No hay registro en la historia universal que hayamos vivido a nivel mundial una democracia tan contundente como a la que nos ha llevado en el contagio y la muerte el Covid 19, pues es definitivo que el rico y el pobre, el empleado y el empresario, el político y el ciudadano debe estar en su casa, más de eso es jugar con fuego.

No hay liga deportiva que valga la pena, ni festival que nos obligue a hacer una excepción. Si queremos seguir viviendo y disfrutar la próxima navidad y la llegada del año 2021 con nuestros seres queridos, debemos quedarnos en casa. No retemos a este virus tan siniestro y letal que indirectamente es retar a la muerte.

Que estos días santos para la mayoría de los mexicanos, en que conmemoramos el sacrificio pascual de nuestro Señor Jesucristo, sean el pretexto oportuno e ideal para quedarnos en casa quietos y meditabundos.

Hace muchos años un pueblo llamado Israel estuvo frente a otro pueblo llamado Egipto a quien, según el libro de Éxodo, Dios les mando diez plagas. La última plaga era la de la muerte, la cual afectaría solamente a los hijos primogénitos de cada familia. Curiosamente la solución para evitar la muerte fue muy parecida a la que hoy tenemos que hacer nosotros.

El pueblo de Israel tenía que hacer dos cosas muy sencillas: Quedarse en casa y poner en las puertas principales en un lugar visible una mancha de sangre. El ángel de la muerte (la peste) pasaría de largo en esas casas. Quienes no hicieron caso fueron visitados por la muerte. Le semejanza de entonces a lo que ahora estamos viviendo me deja helado. Felices pascuas.

El tiempo hablará.

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