Protagonistas de la historia.

Jorge Chávez

Sale sobrando decir que con esta cuarentena se encuentra uno alejado, segregado de todo lo que le era propio, familiar y querido, hasta antes de que a una sarta de cretinos y presumidos se les ocurrió jugar con la naturaleza mutante de un virus y para colmo de males, dicho virus se les escapo, si atendemos como cierto esta versión de laboratorio.

Debo presumir que con mis hermanos y algunos de mis primos encontramos consuelo en las maravillas de la tecnología y logramos aterrizar en nuestra agenda un encuentro virtual todos los miércoles a las 9:00 PM gracias a la aplicación “ZOOM”. Hemos formado una troupe virtual formidable.

En nuestras deliciosas, edificantes y afectivas pláticas concluimos que gracias a este tremendo Coronavirus el destino del mundo se verá definitiva y felizmente trastocado. Nada de lo que ocurra después en nuestro planeta habría tenido lugar, si no fuera por el Covidiano invitado. Hubieran pasado otras cosas, pero ésas, las que pasaran, no.

Sin embargo, en medio de este horror pueden surgir episodios luminosos y emocionantes que una pandemia pueda enmarcar. Innovación es la palabra correcta. No me dejaras mentir sesudo lector que el romanticismo, cuando es auténtico, no sólo no es ridículo, sino que representa la más noble, hermosa y conmovedora faceta de nuestra dilecta condición humana. Creer que de la “nada” pueden surgir grandes ideas.

Estamos obligados a rehacer nuestras vidas, entendiendo que lo desconocido y lo incierto produce ansiedad. Debemos incorporar las nuevas temáticas emergentes sin miedo a lo nuevo o a eso desconocido que inminentemente vendrá.

Hoy pienso que en el contexto de lo que la vida nos regala con esta experiencia, el título de esta columna: “Locuras Cuerdas”, es todo un autorretrato de la humanidad en dos palabras de lo que hoy estamos viviendo en nuestro planeta, y bien pudiera ser una invitación para tener un buen final o un buen inicio, aprendiendo a ver la vida con amor y con humor.

Querido y dilecto lector, en el rubro de nuestras autoridades y nuestros políticos te diré que quisiera ver más armonía; Pareciera que el amor a México, hoy, no es más que una entelequia. Una utopía galopante. Una triste distopía. Confetti en los ojos. Retórica que no llega a acuerdos y que solo busca el error del otro para quitarte tú y ponerme yo. Es a todas luces una factura pendiente de quienes hoy ejercen el gobierno en todos los niveles.

Es innegable que en estos días de pandemia la vida sobre la Tierra se ha visto transformada y trastornada en un grado y de una manera nunca vista ni soñada antes. Los siglos célebres de la historia, el de Pericles, el de Oro y el de las Luces, se quedan chicos.

Pareciera que la soberbia del hombre y el delirio de la investigación científica de los grandes laboratorios es lo que nos tiene donde estamos, nada que ver el caldito de murciélago.

Una vez que todo esto pase, podremos mirar en retrospectiva hacia una época que estará colmada de recuerdos, reflexiones y anécdotas. Por esa razon hay que apuntar todo lo que este tiempo nos inspire por nimio que nos pudiera parecer.

Y es que, eso sí lo sabemos, la situación ha alcanzado los niveles de auténtica “catástrofe humanitaria”, como está en boga llamar al apocalipsis. Pues sólo en estas últimas semanas, a nivel mundial por causa del coronavirus han muerto miles, probablemente decenas de miles de personas. Y han debido resguardarse en sus hogares centenares de miles, tal vez millones de personas. Esto es histórico y nosotros con vida somos los protagonistas del momento.

Debo decirte sesudo lector que la curva de contagio va in crescendo en el norte de Tamaulipas y el sur de Texas, de ese tamaño están las cosas ante nuestra ignorancia y algo que se encuentra en algún lugar entre el pasmo y la indiferencia de quienes aún no se persuaden de que el Covid 19 los puede alcanzar. De tal forma que no quedarse en casa a fin de cuentas no constituye sino una forma de complicidad para afectar a la población.

De tal forma hemos aprendido que en la pandemia debemos estar siempre muy bien documentados pues desafortunadamente en estos casos la imaginación a menudo suple con ventaja la información e incluso la presencia.

La abstinencia nuestra, de casi todos, de las muestras de afectos físicos, siembra en nosotros el anhelo quintuplicado de abrazar a quienes en cierto sentido amamos, en cualquiera de sus dos posibles dimensiones, eros o filos; y con toda esta vivencia estamos creciendo en los dominios de la sensibilidad humana aquello que Napoleón Bonaparte habría escrito a su Josefina de Beauharnais: “La distancia mata las pequeñas pasiones y acrecenta las grandes”. Buen augurio de la Praia venidera.

El tiempo hablará.

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