¡Paciencia y barajar!

J. Eleazar Avila Pérez

Comprender no quiere decir penetrar en la intimidad del pensamiento ajeno, sino tan sólo traducir en el propio pensamiento, en la propia verdad, la oculta experiencia en que se funde la vida propia y la ajena. Miguel de Unamuno.

Mi querido y suspicaz lector, la etimología de la palabra problema se origina en el latín “pro” y alude a tener delante de sí mismo un “ballein” algo que se arroja con fuerza. De tal forma que cuando se tiene un problema es precisamente cuando sientes que la vida te golpeo tu existencia con algún hecho fortuito o escogido. Esto me lleva a cuestionarme si en verdad tenemos los mexicanos un problema frente a nosotros con todo esto del cambio de poderes que se avecina con la elección que más de treinta millones de mexicanos optaron para nuestro querido país.

¡Qué bien dice Montesinos en el Quijote: «paciencia y barajar»! ¡Muy profunda sentencia de sabiduría española y quijotesca! Y se repite con una constancia pedagógica, ¡Paciencia y barajar! Y no nos queda más que entender, que mano y vista deben estar prontas al azar que pasa. Y vuelve a enfatizar, ¡Paciencia y barajar! Qué es lo que hacemos los mexicanos ahora que tenemos un inminente cambio frente a nosotros, yo concretizo con la novela política de nuestro país, y con la religiosa: ¡paciencia y barajar! Ese es, mi conspicuo y dilecto lector, el susodicho problema.

Nos queda claro que después del 1º de julio y en medio de tan dinámica maraña de eventos que se suceden unos a otros, el capricho o la impaciencia, tan mal consejero el uno como el otro no deben tener lugar en la logística de los poderosos. El 2 de julio llego en Tamaulipas con una contemplación parecida a las escenas de las películas de Misión Imposible; hasta nos imaginábamos escuchar el tema musical característico de los fragmentos de acción de esta cautivadora película; no pasó absolutamente nada porque nuestro país y nuestro estado despertó siendo otro. Un lugar donde se conmina a los gobernantes a comportarse más como servidores que como sujetos para ser servidos.

Tantas cosas se dijeron en el contexto de una campaña, unas fueron simples ocurrencias, otras fueron soberbias desbordadas, y en ese tenor el público tiene ante todos los demás y sobre todos los demás el indisputable derecho de saber cuándo se le habla en broma y cuándo en serio, si bien es cierto que le divierte el que se le hable con cierta seriedad fingida o con cierta fingida ironía, según los casos. Se propuso ser extravagante a toda costa diciendo cosas raras y desahogando bilis y malos humores. Late en algunas personas cierto espíritu agresivo y descontentadizo. Una mezcla absurda de bufonadas, chocarrerías y disparates. Afortunadamente se da el invaluable equilibrio de poderes. La mesura es obligada, destino impostergable. ¡Paciencia y barajar!

AMLO ha dicho que se va a romper el molde de cómo se hacía la política tradicional. En otras ocasiones, soltando en broma lo que acaso piensa en serio decía que la mejor logística de higiene de una casa grande es barriendo de arriba para abajo. Los cincuenta puntos que mencionó en días pasados se convierten en la brújula política de todos los protagonistas del que hacer nacional. En ese tenor, si queremos ser verdaderos nacionalistas no queda descalificarlo “ex ante”, es decir antes de tiempo.

Quienes no le creen y lo descalifican en forma, por demás precipitada, proyectan el más claro espejo de la vulgaridad y la ramplonería; y el espíritu que en dicha descalificación se refleja es un espíritu del más embrutecedor sentido común. Pues lo mejor para nuestro país es creerle pero a la vez, como ciudadanos, estar expectantes para criticarle si las cosas no salen como nos las están vendiendo en este momento.

Esperamos que el nuevo gobierno encabezado por AMLO no padezca aquello que los griegos llamaban el «Hubris», conocida como la enfermedad del poder y que se caracteriza por la triada fatal, es decir ese conjunto de tres elementos especialmente vinculados entre sí: Orgullo, vanidad, presunción.

Quienes la han padecido se descomponen una vez llegados al pináculo del poder para concentrarlo y usarlo a sus anchas. La característica invariable es que la soberbia que los propulsó también ha sido su inevitable perdición. Los síntomas están a la vista de todos, por lo regular es un secreto a voces en los ciudadanos de a pie, enmarcadas por las amenazas que anhelan más ser temido que ser respetado. Un porfiriato caduco en pleno siglo XXI.

México ya no es el mismo, y nos toca a los ciudadanos comunes ejercer la crítica responsable e inteligente para que nuestros gobernantes de ahora y los que están por llegar, entiendan que, lo que recibieron por medio del voto no fue un título de propiedad, fue un voto de confianza para gobernar bien, y hoy más que nunca eso podrá ser revocable. ¡Paciencia y barajar!

El tiempo hablará.

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