Monserrat Chávez, mi hija.

Jorge Chávez

Corona de los viejos son los nietos, Y la honra de los hijos, sus padres. Proverbios 17:6.

Ser animal racional supone escuchar simultáneamente dos llamadas: la del placer y la del deber. Hoy de manera deliberada y hasta soberbia, escucharé los dictados del placer para escribir la presente columna. Haré referencia al orgullo de mi nepotismo (López Portillo dixet) pues es precisamente en este mes, pero hace diez y seis años que nació la niña de mis ojos, mi hija Monserrat.

No pretendo que esta columna se convierta en una clase o en un curso de paternidad. Soy el peor padre desde el momento en que la heredé a mi hija una vida con el divorcio de sus progenitores. Es más bien un homenaje a mi hija con motivo de su cumpleaños y una pequeña descripción de la historia que juntos protagonizamos en aras de aprender siempre a sonreírle a la vida, cualquiera que sea nuestra situación.

El protagonismo del placer que su vida me produce es patente, amén de que debo reconocer que el placer está íntimamente asociado a mi naturaleza. Y que precisamente mi hija me hace desenvolverme en la bendita dualidad del placer y la razon. Hace que en mi interior converjan dos monumentos, uno real y otro inexistente hasta ahora.

La sola existencia de mi hija me lleva a la Estatua de la Libertad; su forma desenfadada de ser me hace contemplar en ella una libertad de existencia. Es una posmilenial en todo el sentido de la palabra. Ella es la representante plenipotenciaria de ese adjetivo calificativo generacional y reivindicativo. Su cuarto es su privacidad, su piso firme, como diría el fascinante escritor regiomontano Alfonso Reyes.

Desde ahí nos contemplamos, cada uno en su respectiva generación. Y en esa mutua contemplación pululan nuestro orgullo y prejuicio, como si fuéramos dos personajes que emergen de la novela de Jane Austen.

Yo pienso de ella que se cree mucho porque es de una generación saturada de información. Ella piensa de mí que, por mucho que me crea, siempre tendré que acudir a ella para resolver las cosas que tienen que ver con la tecnología moderna. Ella necesita de mi amor y yo necesito de su existencia. Y esas mutuas necesidades sin pudor y sin reserva se convierten en un vínculo indisoluble que va haciendo historia todos los días que compartimos en este planeta, independientemente que estemos en ciudades diferentes.

Decía Aristóteles que el hombre está hecho de tal manera que lo agradable le parece bueno, y lo penoso le parece malo. Quizá me proyecte soberbio corrigiéndole la página a este majestuoso filósofo griego. En la relación con mi hija, lo bueno y lo penoso aportan para crecer y para aprender, de tal forma que ambas situaciones las podemos catalogar sobradamente como buenas. Hoy sé por experiencia propia que la paciencia y la tolerancia son sinónimos del amor paterno.

Nuestros diálogos no son para ver “quien gana”. Son platicas con un fondo de amor integro, total, contundente, en las que la logística de aprendizaje está en los dos sentidos. Yo aprendo siempre a ser mejor padre y ella aprende siempre a ser mejor hija.

Debo ser muy puntual en que no pretendo, ni soy su mejor amigo, ni ella mi mejor amiga. Somos mucho más que eso, yo soy su padre y ella es mi hija.

Me cautiva su esencia curiosa pero impasible. Es propensa a filosofar. Me fascina que ve más allá de lo que sus ojos pueden ver. En algunos momentos le fastidiaba su infancia en su mente de adulto. En un mundo en la que los adultos la descalificaban solo por ser infante. Mucho sufrió por eso. En uno de tantos diálogos socráticos que hemos tenido hicimos un ejercicio entre cómplices para resolver ese escollo en su vida. Juntos le mentamos la madre a todos aquellos que en algún momento le habían dicho: “Tu no opines Monserrat, tu estas muy chiquita”. Fue una catarsis muy efectiva en su vida. A este dato histórico debería agregar: “no hagan esto en casa amiguitos”.

Es una posmilenial que cree en Dios pero tiene sus dudas. Y para mí que fui educado en el respeto solemne a Dios, esto es una ganancia desde el punto de vista espiritual, pues es más que obvio que Dios no está de moda en las actuales generaciones y ella ha aprendido que una dimensión de la fortaleza es la coherencia, vivir de acuerdo con lo que se cree, aceptar el riesgo de la incomprensión antes que permitir rupturas entre lo que se piensa y lo que se vive.

Amo su naturaleza juvenil cargada de sueños. Adoro sus errores. Disfruto su sentido común. Algunas veces me exasperan sus temores. No escribo para ponerla de ejemplo, no es tanta mi pretensión. Escribo nuestra historia que es como tantas otras historias, pero esta vale para mí porque nos incumbe y porque al final todos tenemos siempre una historia que contar.

El tiempo hablará.

Mas Noticias:
Leer más