Las mil y una noches.

Jorge Chávez

A Minerva y mis sobrinos Alejandra, Mónica y Guillermo.

Nada es duradero, toda alegría se desvanece y todo pesar se olvida. Poeta árabe.

Uno de los libros que más he disfrutado su lectura es el de “Las Mil y una noches”, por su alto contenido de inteligencia femenina. Si he de recomendarle a mi hija Monserrat una lectura secular en la cual pueda zambullirse en una atmosfera llena de espíritus literarios y alucinaciones de faquir, que a la larga le aporte razonamientos para saber lidiar con los toros bravos de la vida, seria precisamente este libro de sabiduría árabe.

Cada letra y cada palabra que conforman cada historia contada en este libro milenario le darían el empaque necesario para poder afirmar ante las adversidades más inesperadas de la vida que donde hay toros, hay toreros.

El personaje principal de este libro es Schehrazada; y en algún momento de mi vida, antes de que naciera mi hija quise ponerle ese nombre. Con el paso del tiempo supuse que no era socialmente lo más óptimo; lo mejor era un nombre más comúnmente aceptado en esta parte del planeta. A la hora de estampar su nombre al momento de registrarla ganó la abadía de Montserrat en Barcelona, pero quien la registro no considero la “T” intermedia y mi hija quedo simplemente como Monserrat.

Volviendo al tema que nos ocupa del libro que me atrapó la atención estoy obligado a mencionar que en nuestra vida, la tuya y la mía, sesudo lector, he comprobado que el mejor estimulante de una buena amistad, tan efectivo como el más sabio de los consejos, es una historia contada con el buen sazón de la palabra bien dicha como lo demostró Schehrazada, la portentosa y legendaria narradora de Arabia, quien durante mil y una noches cautivó de una forma por demás sublime a un cruel sultán con su lengua de oro.

Con esa fascinante forma de atrapar ante la narrativa mágica y mística que hace el contenido de un día como de mil años y que la forma de contarla sea como de mil años en un día. No es cosa fácil, no se les da a todos. Diría Miguel de Unamuno: “Lo que Natura no da, Salamanca no presta”.

Querido y dilecto lector, a riesgo de hacer Spoiler, me encanta esta palabra, un anglicismo eminentemente millenial, te diré que la historia trata del hombre que en una ocasión regresó del campo de batalla sin previo aviso, como dicen muchos conocedores de la vida, error imperdonable que ha producido un sinnúmero de tragedias, y encontró a una de sus esposas, la más amada, retozando alegremente con sus esclavos.

Hizo algo muy estridente que proyecto la debilidad de su carácter pues la hizo decapitar y luego, con la versión machista más recalcitrante de Arabia, decidió poseer cada noche a una virgen y por mano del verdugo ejecutarla al amanecer, así ella no tendría ocasión de serle infiel. Al estar contandote esto, yo aterrizo en mi mente la dimensión de inseguridad del protagonista de esta historia. Me gusta más la seguridad existencial de Guadalupe Pineda cuando dice: “Si me faltaras sé que no voy a morir, si he de morir quiero que sea contigo”.

Total que así se va acabando las jóvenes bellas del reino y solo quedan pocas, entre ellas, la hija del verdugo, Schehrazada era una de las últimas doncellas disponibles en aquel reino de pesadilla.

A mi hija Monserrat le aclaro que esta mujer no era tanto bonita como sabia y tenía el don de la palabra fácil y la imaginación desbordada. La primera noche, después que el sultán la violó sin grandes miramientos, ella se acomodó los velos y empezó a contarle una larga y fascinante historia, que se extendió durante varias horas. Apenas surgió el primer rayo del alba, Schehrazada calló discretamente, dejando al monarca en tal suspenso, que este le dio un día más de vida, aun a riesgo de que ella le pusiera cuernos en pensamiento, ya que dada la vigilancia no era posible de otro modo. Y así, de cuento en cuento y noche en noche, la muchacha salvó su cuello de la cimitarra, el sable filoso, alivió la patológica incertidumbre del sultán y consiguió la inmortalidad.

La inteligencia de Schehrazada no fue casual. Podemos deducir sin temor a equivocarnos que fue producto de muchas pláticas con su papá y/o su mamá. Hablando de lo bella que es la vida y de los peligros inherentes al hecho mismo de vivir. Pulieron su inteligencia, le dieron empaque y cuando la tuvo que utilizar, simplemente lo hizo.

Napoleón, el cantante mexicano decía en una de sus melodías: “Si has de tener una rosa, tienes que mirar la espina, si no sabes del dolor, no sabrás de la alegría”. Eduquemos a nuestros hijos con la inteligencia útil de Schehrazada.

El tiempo hablará.

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