Jojo Rabbit

Jorge Chávez

Ningún sentimiento es definitivo. Rainer Maria Rilke.

El domingo pasado tuve la oportunidad de ver en la sala de cine la película Jojo Rabbit que trata de un niño, que pertenece a las juventudes hitlerianas, y vive en la Alemania nazi de finales de la II Guerra Mundial y que tiene como amigo imaginario a Adolfo Hitler. Cabe señalar que fue nominada a 6 premios Oscar, entre ellos el de mejor película.

La verdad me dejo una muy grata sensación, no solo de buen cine, sino como promotor de la lectura de un gran poeta alemán, del cual nunca había leído pero que me tiene cautivado como niño con juguete nuevo.

Su nombre es Rainer Maria Rilke, que al leer su poesía y su narrativa novelesca, uno logra entender que para un espíritu creador, no hay pobreza. La frase que está en el inicio de la presente columna es parte de la película y se entiende nítidamente en el contexto de la misma, y trataré de no hacer spoiler en mi comentario, el cual ira más enfocado al poeta alemán, nacido en Praga.

A bote pronto rescato la trascendencia del poeta aludido que poseía una fogosa elocuencia y en forma más que sobrada los tres caracteres de una vida típica de poeta romántico: ausencia de familia, ausencia de patria, ausencia de profesión. Rilke no podía vivir sin sentir la atmósfera de la mujer y en ellas dejó una estela admirativa, un hombre saturado de fervor.

Afirmaba que por medio de las letras toda adversidad se puede salvar. En alguna ocasión comentó con un amigo que, si su diario vivir le parecía pobre, no perdiera tiempo en buscar culpables. Acúsese a sí mismo de no ser bastante poeta para lograr descubrir y atraerse sus riquezas.

En Rilke encontramos gran lección de vida en la forma tan apasionada como sometió su existencia entera a su vocación de poeta, por medio de la cual lograba que no hubiera lugar alguno que le pareciera pobre o le fuera indiferente, usando como recurso la palabra para engrandecer en sus escritos lo que al ojo ordinario le pudiera parecer poca cosa, logrando combinar magistralmente las exploraciones del mundo interior con las visiones del mundo circundante que invariablemente todos tenemos.

Rilke siempre se preguntaba: ¿Cómo hay que vivir? Y el mismo respondía que trabajando, pues trabajar es vivir sin morir.

Un personaje que hasta en su muerte logro la sonrisa apacible de la poesía. Yo en lo personal titularía su muerte como “Paradójica”. Sucedió así: Un día, recogiendo rosas para ofrecer un ramo a una amiga que le había anunciado su visita, se hirió con una espina. El pinchazo le ocasionó una infección, complicada con una leucemia. Quien había cantado la grandeza de la mujer y la belleza de la rosa, moriría por el pinchazo de una rosa, cogida para una mujer.

Querido y dilecto lector, por doloroso que sea, este fin era el que Rilke hubiera podido escoger para morir de su propia muerte. En sus últimos días, al negarse a las inyecciones que pretendían administrarle, exclamaba: «No; déjenme morir de mi propia muerte. No quiero la muerte de los médicos”.

La idea de la «muerte propia” siempre fue una obsesión del poeta alemán; ha sido reconocida como uno de los motivos que señorean su obra. En alguna ocasión dijo: “Yo creo que todo hombre vive su vida propia y muere su muerte propia”. Rilke poetizó esta idea: “¡Oh, Señor!, da a cada uno su muerte propia. Pedía con vehemencia una muerte que derive de su vida, en la cual hubo amor, comprensión, y desinterés. Y concluía que la gran muerte que cada uno lleva en sí es el fruto en torno al cual todo gravita.

Era en si una persona tan inteligente que llevaba con él su atmósfera propia, lo que significa que una hora pasada con Rainer María Rilke, no se parece en nada a una hora transcurrida con cualquier otro hombre.

Una vida de letras donde el máximo lujo fue su soledad y siempre creyó que en la vida hay cosas que deben ser fruto de la experiencia y no del sentimiento, quien encontró su verdadera patria en su infancia, porque con tanto talento y tanta esencia cosmopolita era más un ciudadano del mundo, y no de ningún país, más que del país de su infancia.

Toda esta breve narrativa biográfica tan inspiradora y aportativa nació de un flashazo en la película Jojo Rabit en el momento que su frase me cautivo los sentidos, fue amor literario a primera vista. Altamente recomendable para que las mentes de los matamorenses sean grandes.

El tiempo hablará.

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