Horizontes no deseados.

Jorge Chávez

El hombre no puede vivir sin tratar de describir y explicar el universo. Isaiah Berlin.

El día de ayer, tuve en la cabina de “Locuras Cuerdas Radio”, por la 1390 de Notigape, con cobertura tradicional por radio solo en Reynosa pero cobertura a nivel mundial por internet, a las 3:30 PM, a un invitado muy peculiar, que jamás en mi vida de juventud romántica, platónica y existencial pensé que llevaría a cabo. La entrevista con un ateo. Una persona que niega la existencia de Dios.

Que quede claro que no era para promover dicha filosofía o creencia, el punto es aglutinar las diversas formas de pensar, aun aquellas que sean diametralmente opuestas a como fuimos formados. Lo más antagónico y hasta peligroso que había yo palpado eran las lecturas de Friedrich Nietzsche, quien con su petulante cúmulo de conocimientos, que no inteligencia, llego a afirmar con chocante arrogancia que Dios había muerto.

El intercambio de ideas fue solo eso, una comparación de experiencias sobre alguien con una fe versus alguien sin más fe que su adoración por la ciencia.

Sin embargo toda esta maraña de ideas me llevo al límite para pensar y analizar la fe desde la perspectiva de la tragedia. ¿Dónde queda la fe de una comunidad dañada como lo ha sido la familia Le Barón en los límites entre Chihuahua y Sonora? Me refiero a su fe religiosa en un Dios y su fe política en su gobierno.

Es cuando más aplicaría aquel aforismo que a la letra dice: “Al cesar lo que es del cesar y a Dios lo que es de Dios”. En qué momento la violencia ha escalado a este nivel que podemos llamas “Le Barón” y que pone contra las redes las creencias que nos dan sustento para afrontar las adversidades propias de la vida.

La pregunta obligada es si en algún momento se detendrá esta espiral de absurdos de lo que Enrique Krauze llama los cuatro jinetes del apocalipsis sobre nuestra nación: la inseguridad, la violencia, la impunidad y la corrupción; los cuales pareciera que hoy más que nunca están desbocados, incluso más de lo que estuvieron el siglo pasado. Es precisamente en estos cuatro rubros donde vemos casos, cada día más graves y patéticos que los anteriores.

¿Acaso tendremos que aceptar la teoría de la Entropía, que según esto es el grado de desorden y de caos que existe en la naturaleza y que pudiera ser nuestro inevitable y trágico destino obligado? Puede definirse esquemáticamente como el “progreso para la destrucción” o “desorden inherente a un sistema, y conforme a lo vivido en los últimos días no nos queda mucho espacio para el optimismo.

¿Qué hay en nuestro pensamiento colectivo que no podemos tener un gobierno que resuelva ostensible y palpablemente el tema de la inseguridad? El Presidente AMLO puede decir cualquier ocurrencia, él se ira en cinco años, nosotros nos quedaremos con la papa caliente.

Me pondré a pontificar como lo hace AMLO todas las mañanas, en aras de sembrar esperanza ante una inercia de muerte que no nos suelta la existencia.

Sólo lo verdaderamente grande y clásico es digno de ser pensado y lo demás pertenece al foro de la sátira, de lo cómico, de lo intrascendente; y para poder considerar a la política como un objeto digno de pensar, debo prescindir de la política disoluta, sin carácter, confortable, teórica, versátil, epicúrea, romántica sin sustento que nos ha tocado vivir al día de hoy.

El tono del alto mundo social, parece a veces el tono neutro, sin pasión, eso sí, rebosante de ilusiones y mentiras convencionales comprobadas, es, pues, tristemente el tono reinante, el tono normal del tiempo moderno, tono en el cual no solamente las cuestiones políticas -cosa que se comprende- sino también los asuntos religiosos, vale decir, los males de nuestro tiempo, deben ser tratados.

Estoy hablando de la simulación, que nos guste o no reconocerlo es la esencia del tiempo actual. Simulación es nuestra política, simulación nuestra moral, simulación nuestra religión y hasta nuestra academia con tanta universidad patito que reparte certificados a diestra y siniestra de conocimientos no existentes en los alumnos egresados. Quizá es la comodidad y la consecuencia inexorable del tiempo de híper conectividad que nos ha tocado vivir. Del tiempo del Fast Track. Del tiempo del horno de micro ondas que no sabe de un guiso a fuego lento. Mucho menos de una vida formada gradualmente en valores.

Resulta, querido y dilecto lector, que en la Teoría de la Entropía quien dice la verdad es un impertinente, un inmoral; en cambio, el que en realidad actúa inmoralmente, pasa por un ser moral; y la verdad, en nuestro tiempo, es inmoralidad. El perfecto caos. Un desorden muy bien organizado.

Hoy estuve nefasto. Descaradamente pesimista. Carente de optimismo. Pintando horizontes obscuros. La culpa de moda es de los que se fueron.

El tiempo hablará.

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