Florinda González de Pérez.

Jorge Chávez

Pocas cosas abrigan tanto como la amistad de los seres nobles. Arturo Pérez Reverte.

Querido y dilecto lector, si puedes leer la presente columna escuchando música de fondo “When she love me” un solo de piano con Randy Newman, quizá el efecto de estas letras en tu existencia sea monumental.

El final para unos es el principio para otros. Entender esa filosofía permite que las grandes ideas perduren con el paso del tiempo. Y es lo que los fundadores del Festival Internacional de Otoño de Matamoros han entendido y aplicado para que esta joya matamorense trascienda tiempos, personajes e historias a lo largo de veintiocho años. Pocos o muchos pero ahí la llevamos.

Ese jueves al llegar al Teatro Reforma de Matamoros era como despertar después de un largo sueño. Durante unos instantes, sin embargo, permanecí inmóvil en el frontispicio como si no estuviese seguro de estar despierto o estar soñando, de si lo que acontecía en torno mío era, en efecto, parte de la realidad o sólo prolongación de mis alborotados sueños. Pronto, no obstante, mis sentidos empezaron a registrar con mayor claridad y precisión mis impresiones cotidianas y habituales.

Finalmente, el día más otoñal que invernal me atisbaba por las enormes puertas del Teatro, con tan buen humor y mueca sonriente del edificio que los asistentes no podíamos de modo alguno dudar que nos hallábamos no en un remoto país de maravillas, sino en la ciudad de Matamoros, en la gran Puerta de México, en la avenida sexta, en el Teatro Reforma.

Ya estando dentro escudriñé el entorno y pude notar que antes de la tercera llamada había una grata expectación general de lo que sería el programa de este homenaje, y ya iniciado seguí cada movimiento con insólita curiosidad.

Mientras iniciaba el programa la gente no paraba de examinar amorosamente la esencia del teatro, admirando su estilo, murmurando de continuo algo entre dientes y puntuando sus expresiones y pensamiento con guiños y gestos significativos que avalaban la ocasión de ser del homenaje a la Señora Florinda González de Pérez.

Con una ligera palpitación del corazón de todos los asistentes, por el vínculo que de una u otra forma nos une a la homenajeada, la vimos con afecto unos, con cariño otros, con amor entrañable su familia. Ahí estaba ella con una indumentaria blanca que imponía respeto y admiración; transpirando una belleza pulida por el tiempo, ese elemento fugaz que pasa de forma inexorable, pero que en ella ha dejado una innegable huella de sabiduría apacible, como un reconocimiento por todos esos años entregados a Matamoros con un corazón galopante.

Todos los asistentes estábamos ahí con un talante festivo frente al vasto panorama de la vida de una mujer con indiscutible talento para gestionar beneficios culturales para esta ciudad. Un ser humano con grandes cualidades derrochadas a favor del arte y la cultura que se han proyectado desde este rincón tamaulipeco para el mundo.

Como una general inspiración subitánea los asistentes no regateamos las intensiones del reconocimiento a la Señora Florinda, quien en forma pasiva y humilde aceptaba con decoro las guirnaldas que esa noche la sociedad matamorense le confería por tantos años prodigados a favor de la promoción cultural, desprendiéndose siempre de su generosidad y espontaneidad para resolver lo que había que resolver y el Festival Internacional de Otoño no parara.

El alcalde Mario López no escatimó ni economizó palabras deferentes para quien esa noche era el centro de atención de los afectos colectivos, la Señora Florinda; sus palabras fueron escogidas, uso el bisturí retorico para expresar con precisión el más profundo y dilecto de los agradecimientos para quien con su trabajo y capacidad ha engrandecido a nuestro querido Matamoros.

Posteriormente aparecieron en el escenario los émulos de Nicoló Paganini con su toque soberbio del violín acompañados por el piano y el chelo. Fue un deleite auditivo digno de la homenajeada.

El único motivo de la Señora Florinda ha sido y es su amor por Matamoros, y es, a veces, lo único que impulsa a un filósofo a filosofar, a un escritor a escribir: dejar un mensaje en una botella, para que de alguna manera aquello en lo que se creía, o que nos parecía hermoso, pueda ser creído o les parezca hermoso a los que vendrán; con una intrépida fe en el porvenir.

Seguramente Edgar Tovar, el joven presidente del Patronato del Festival Internacional de Otoño aprovecha la sapiencia de la Señora Florinda y sostiene coloquios instructivos sobre los secretos de su arte. Una mujer que a lo largo de su vida ha procurado que la cultura tenga gracia y gravedad, dos elementos indispensables en el arte para cautivar al mayor número de personas.

Los matamorenses somos generosos al reconocer a la Señora Florinda G. de Pérez, pues sigue perteneciendo, por su envoltura, a la parte generosa de la humanidad, y no hay duda de que también pertenece a esa esfera en que la fuerza es inteligente. Larga vida a ella y a su obra.

El tiempo hablará.

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