Filosofo o palurdo en la pandemia.

Jorge Chávez

Orando por Tamaulipas.

Esta pandemia me lleva a ver nuestra existencia con una óptica que pretende ser optimista. En estos días hemos estado viendo tan cerca la muerte, pero también estamos en una versión de hipersensibilidad que nos hace valorar en forma hiperbólica el triunfo de la vida y hacemos una poesía de las minucias que antes no nos decían nada.

Aunque hoy más que nunca meditamos en el significado de la vida y la muerte.

Hoy tome da la mano a mi hija cuando compartíamos un momento juntos viendo una serie en Netflix. Tenemos códigos que solo ella y yo conocemos. Todo es cuestión de que cualquiera de los dos levantemos la mano y ya sabemos que la mano del otro debe estar a disposición para saludarse con esos saludos multiformes que implican la mano por aquí, luego por acá y al final mas allá. Todo esto sin dejar de ver el drama de la serie que nos tiene atrapados. Al momento estamos compartiendo l“Jane, La Virgen”, la regla fraterna es que no se vale verla por separado, al menos ese drama.

En este tiempo que estamos, esos momentos valen la vida. Dialogar con una postmillenial es todo un logro. Yo me siento como Mark Spitz o Michael Phelps después de sus competencias olímpicas. Pletórico de medallas y muy satisfecho por esos pequeños y magníficos logros que hemos conquistado en la cuarentena: valorarnos como familia. Y hablar de la vida pero también de la muerte. De las mieles y de la hieles; dispuestos a vivir los momentos felices con una curiosidad inagotable y una inagotable facultad de asombrarse; pero también aceptando las posibles tragedias con una benevolencia denominada humildad.

Puedes llamarle optimismo obtuso, apreciable lector, pero funciona cuando nos enfrentamos a la encrucijada de la duda y la ansiedad, así como los conflictos ante los miedos o los pesares; sin dejar de mencionar que la situación particular de cada uno de nosotros nos llevará hacia respuestas distintas.

Querido y dilecto lector, debo decirte a bote pronto algo que me vino a la mente como una revelación que puede parecerte alentadora después de tantos quebrantos que hoy la vida nos da con muertes y contagios. En Japón cuando se rompe una pieza de porcelana algunos alfareros llenan las grietas con oro. Esto hace que los alfareros vean las reparaciones como algo hermoso.

Ellos saben que nadie sale de este mundo en una pieza. Claro que eso no nos hace menos. La enseñanza invaluable de estos personajes es que las grietas son parte de nuestra historia, siempre estarán con nosotros. Por mucho dolor que puedan implicar podemos deducir que nos hacen mejores. Y definitivamente nos hacen más fuertes. Alegremente podemos concluir que también nos hacen personas positivamente nuevas.

Hoy descubro que vivo para ti apreciado lector. Me gusta escribirte bajo el tónico estimulo del café matutino, me hace fogoso, incluso audaz, aunque a veces patético al derrochar consejos a diestra y siniestra en medio de este virus.

El Covid nos siembra muchos temores y muchos de ellos son hijos de nuestra imaginación que nos lleva a aterrizar en nuestra inteligencia muchas preguntas, que se hacen más estridentes cuando no hay una respuesta lógica. Porque hay preguntas tan incomodas que no tienen más respuesta que la que la vida da a todas las preguntas irresolubles: vivir al día y procurar olvidar.

Extraño aquellas pláticas en las que alegremente discutíamos las verdades de la existencia frente a una buena botella de vino tinto con los amigos, nuestras fanfarronerías estoicas que nos llevaban a las amistosas indignaciones intempestivas de hombres pretendidamente ilustrados.

Y en esta meditación descubro que en todos los contextos la búsqueda persiste: de la verdad, del amor, de la felicidad, del poder, de la riqueza, de la paz, etc. El objetivo varía pero el móvil se mantiene. De eso se trata la vida siempre, son como que reflejos cerebrales de todos nosotros.

Finalmente esta pandemia me ha llevado a entender que toda concepción del mundo exterior nos es transmitida mediante sensaciones y de hecho la idea de que existimos, obviamente la percibimos y es lo que disfrutamos, aunque la ilusión de ser dueños de nuestro destino ya no sea igual que antes. Tenemos que anular mentalmente algunas cosas de nuestro pasado. Así como Napoleón en su momento fue el dominio absoluto de la acción, hoy nosotros en la pandemia debemos serlo no solo de la acción sino del pensamiento.

Y como el radicalismo amenaza con devorar todo lo tradicional, me invade lo que podemos llamar un romanticismo tumultuoso, el amor en tiempos del cólera, creo que Gabo exageró, eso no existe. Aunque hay amores que comienzan con la aversión y luego, curiosamente, son los más firmes.

Que el Coronavirus nos arroje un amor que sea un sol que calienta, pero no que derrita.

El tiempo hablará.

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