Entre Aracataca y Mongolia.

Jorge Chávez

El futuro le pertenece a quienes creen en la belleza de sus sueños. Eleanor Roosevelt

No hay nada como tener con energía portentosa un control milimétrico de nuestros actos. Me refiero a la secuela que queda desde inicio de año para cultivar buenos hábitos y la lucha cotidiana a la que uno se enfrenta por aterrizar en el día a día de nuestra vida el buen alimento y el ejercicio constante que nos permita presumir y proyectar una vida saludable. No hay lucha más difícil que aquella que tiene que ver con cambiar de hábitos.

Me pregunto si existe en la vida ese punto de conformidad existencial en el que uno está plenamente contento con su peso, con la medida de su ropa y con lo que uno se mete por la boca y que con el irremediable paso del tiempo se puede convertir en azúcar o en grasa que traiga como trágica consecuencia una diabetes o cualquier otra enfermedad crónico degenerativa que nos invada la existencia.

Por otro lado, pero dentro del mismo análisis de conformidad con lo que cada uno de nosotros somos, me seduce la idea de suponer que seriamos una mejor ciudad si todos estuviéramos enamorados de pertenecer a este rincón tamaulipeco llamado Matamoros. Cabe sin pudor la pregunta de si existe quizá alguna combinación química del alma humana con la tierra nativa que no sea posible disolverla.

Creo que esa combinación orgánica del amor al terruño es impredecible. Me viene a la mente la preferencia que Gabriel García Márquez le tenía a su natal Aracataca en Colombia, ciudad que proyecto en sus novelas de realismo mágico con el nombre de Macondo.

Uno supone con supina ignorancia que los habitantes de Aracataca aprovecharían la celebridad mundial de su perilustre escritor, pero, tristemente, no fue así. Pudieron hacer mil cosas en su natal terruño, tales como el museo de “Cien años de soledad” en el cual podrían haber ventilado ahí a todos los Aurelianos que Gabo describió en su nobel novela.

Pudieron hacer una maestría de amor inspirada en Florentino Ariza, aquel hombre que pierde a Fermina, la mujer que ama, ante Juvenal Urbino, un pretendiente más adinerado, y la espera 50 años para que llegue el día en el que finalmente puede recuperarla. El curso se pudo haber llamado: “El Amor en los tiempos del cólera”, pero a nadie de le ocurrió. Las grandes ideas flotan en el aire, solo es cuestión de husmearlas y atraparlas para hacerlas realidad.

Creo que con la inmensa fama que Gabo se tejió por medio de la literatura, con ese estilo atrapador con que escribía su realismo mágico, se pudo haber puesto en Aracataca un señuelo a miles de personas a quienes el ínclito colombiano inspiraba con sus letras; ese mismo que salía a los barrios de su ciudad buscando de alguien que le hiciera la caridad de conversar con él sobre los poemas que acababa de leer.

Querido y dilecto lector, debo reconocer que todos estos ociosos pensamientos me asaltan involuntariamente, y en ese tenor encuentro que hay ideas vivas, fuertes, que en tres generaciones no llegan a dilucidarse del todo, de suerte que al final resultan algo enteramente distinto que al principio.

Me tiene atrapado la romántica idea de dejar un legado positivo para Matamoros en aquellas personas que eventualmente puedan leerme, sean jóvenes o sean adultos. Ya lo he dicho en otras ocasiones, las generaciones se empujan unas a otras, sobre todo entre los profesionistas y los criminales, y apenas si uno había acabado de hacer algo cuando ya se perfila alguien que amenaza con hacerlo mejor. Así es la vida y hay que aceptarlo. Ir en contra de eso es meterse en una lucha sustancialmente desgastante.

Regresando a la oportunidad perdida de los aracatacanenses, me pregunto si los matamorenses tenemos alguna semejanza de haber desaprovechado algo semejante; tenemos entre la lista de presidentes de la República a Manuel González con un paupérrimo monumento que no proyecta grandeza.

Sesudo y diligente lector, te invito a que busques la estatua ecuestre más grande del mundo, hecha en honor a Gengis Kan, se localiza en una llanura de Tsonjin Boldog, en Mongolia y mide 40 metros de alto. Se hizo con la precisa idea de inspirar grandeza.

Aun que Manuel González fue más un gerente de Porfirio Díaz, podemos usarlo como personaje relevante, y que esa idea sea un catalizador de grandiosos proyectos de vida en la mente de nuestros niños y niñas.

Hoy estuve un tanto más cuanto soñador, justo como lo estuvo Julio Verne al escribir la posibilidad que tenía el hombre de volar, varios años antes de que llegaran los hermanos Wright a hacerlo.

En Matamoros se pueden hacer grandes cosas, todo comienza con una semilla.

El tiempo hablará.

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