Emociones en medio de la Pandemia.

Jorge Chávez

A partir de no sé qué momento, hay que decir que la pandemia es asunto de todos. Hasta entonces, a pesar de la sorpresa y la inquietud que nos han traído todos estos impredecibles acontecimientos muy singulares, cada uno de nosotros proseguimos en nuestras ocupaciones, como habíamos podido, en su lugar normal.

Sin duda eso debía de continuar. Pero una vez que las puertas se cerraron, por decirlo de una forma, tuvimos que apercibir que todos estábamos metidos en el mismo saco y que había que arreglárselas.

Es así, por ejemplo, que un sentimiento tan individual como el de la separación de un ser amado se volvió de pronto, y desde los primeros días, los de todo un pueblo, y con el miedo y la zozobra, los sufrimientos principales de este tiempo de confinamiento.

Una de las consecuencias más destacables de este enclaustramiento obligado para todos fue en efecto la brusca separación donde se colocaron a seres que no estaban preparados. Madres e, hijos, esposos, amantes que habían creído proceder algunos días antes a un confinamiento temporal, que se habían besado en alguno de nuestros parques con dos o tres consejos, seguros de volver a verse algunos días o semanas más tarde, dentro de una rutina familiar y sumidos en la estúpida confianza humana, a penas distraídos por esta partida de sus preocupaciones habituales, se vieron de golpe alejados e impedidos de volverse a ver para tocarse o besarse, y conformados a comunicarse solo por la fría cercanía de la tecnología moderna.

Y en este drama del coronavirus, en que cada uno de nosotros somos protagonistas principales, es importante señalar que con esta nueva disposición que ayer lunes emitió el juez del condado de Cameron, Eddie Treviño Jr., comienza a ser imposible tomar en consideración los casos particulares, pues se puede decir que esta invasión brutal de la enfermedad tuvo como primer efecto el obligarnos a comportarnos todos como si no tuviésemos sentimientos individuales y sociales por aquello que diplomática y eufemísticamente le llaman, sana distancia, pero que es parte de la mejor medicina.

La verdad es que hicieron falta varios días para que nos diésemos cuenta de que nos encontrábamos en una situación sin parangón, y que las palabras “transigir”, ”favor”, y “excepción” conforme se agravaba la situación dejaban de tener sentido.

Se trata de un requerimiento inédito para nuestra generación y contundente para quedarse en casa y con ello evitar ser contagiado o ser vehículo de transmisión de la enfermedad.

En medio de esta pandemia valoremos lo que aún no está limitado para muchos de nosotros como lo es la corriente eléctrica, las líneas de internet, los servicios de agua y drenaje y el abasto de energéticos para desplazarnos en nuestros automóviles así como el servicio de celulares. Ojala todo eso a lo que nos hemos acostumbrado, no cambie con este evento.

Hasta antes de esta pandemia fuimos seres que ligábamos la inteligencia, el corazón y la carne; y a nuestro pesar también fuimos reducidos a buscar nuevos métodos de comunicación y expresión social, de algo que siempre nos había parecido universalmente aceptable como es dar la mano a otros como expresión de afecto filial, y si el afecto era mayor, manifestarlo como un abrazo, hoy eso esta contraindicado. Y como, de hecho, las fórmulas que se pueden usar en un contexto social están pronto agotadas, las largas vías comunes o las pasiones dolorosas, quizá pronto se resumirán en un intercambio de lacónicas frases hechas como: “Estoy bien”. “Pienso en ti”. “Saludos”.

Los afectados deben resignarse a un distanciamiento de sus seres queridos para no exponer a sus parientes y aceptan con un sentimiento de desazón sufrir aquella separación; con una presencia, aun tan próxima y a la vez tan lejana; es en estos casos donde los sentimientos humanos son más fuertes que el miedo a la enfermedad.

Permítaseme aquí una exageración, esta brutal y prolongada separación quizá les proyecte la esencia de su amor familiar, pues si les revela que no pueden vivir el uno sin el otro, tras esta verdad reconocida, hoy la pandemia es poca cosa para ellos.

Para efectos de pensar inteligente y no caer en la sicosis y la histeria colectiva que nos lleve a la compra desmesurada de papel higiénico, entendamos que se trata de una excepción.

El sentimiento de nuestras vidas hoy toma otro cariz. Los hijos que habían vivido cerca de su madre casi sin mirarla, hoy les sobra el tiempo para contemplarla.

En lo referente al sentimiento de linchamiento que a veces se proyecta en redes sociales, pareciera que a veces, solo a veces, somos tan inconscientes y faltos de visión. Creemos que este problema es de la colonia sin darnos cuenta que el mundo con todos sus líderes y avances tecnológicos y científicos no han sido capaz de detener.

Si como dicen los expertos, eventualmente todos vamos a ser infectados, ojalá que yo sea de los últimos, cuando la novedad ya haya pasado. Así ya no les va a importar de donde me contagie.

El tiempo hablará.

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