Segundo debate.

MV

Es mejor debatir una cuestión sin resolverla, que resolver una cuestión sin debatirla. Joseph Joubert.

Es imposible no hablar del debate del domingo, los retratos que nos aporta y su penetración psicológica son extraordinarios para seguir valorando en la medida de lo posible la personalidad oculta que los candidatos tienen detrás de sus palabras, las intenciones camuflajeadas detrás de la retórica sin olvidar los prejuicios que nos ofuscan la ecuanimidad de la mirada al tener en nuestro fuero interno una leve o trepidante preferencia por tal o cual candidato. Cuán importante es haber desarrollado, diría Honorato de Balzac, con precisión de cirujano, la agudeza tan viva que conozca las condiciones y los fines de los hombres y de esta forma emitir para cada uno el juicio certero que se traduzca en dar o no el tan anhelado voto electoral para cualquier puesto de elección popular.

Querido y dilecto lector, permítame remontarme un poco a la historia varios siglos atrás, particularmente en la época de los reyes católicos en la península ibérica; cuando se practicaba el dialogo político o filosófico sobre cualquier tópico y se llegaba a un punto álgido del debate, se recordaba una frase que caía como balde de agua fría en la mente de los participantes, dicha frase era, no debes pelear con cabeza española en tiempos de ira. Era una clara referencia al temperamento sanguíneo colérico que caracterizaba a la mayoría de los españoles y el cual debía de saber controlarse para poder salir bien librado de dicha contienda. Si la flaqueza de su humanidad no lo podía resistir, la fuerza de su prudencia lo sabía disimular.

El domingo pasado pudimos ver un espectáculo político con tintes de morbosidad que eventualmente se nos olvidaba que la razón de ser de dicha confrontación es nada más, ni nada menos que la presidencia de la República. Pude ver acciones diferentes al primer debate, pero también se pudo constatar una falta de organización para que el debate se acercara más a lo que podemos llamar, sino perfecto, al menos óptimo. Con dos moderadores, León Krauze y Yuriria Sierra, que por momentos me pareció que perdieron la brújula de su razón de ser en dicho evento y que incluso parecía que querían ser el ajonjolí de un mole electoral que no les correspondía. La audiencia quería escuchar más a los candidatos que a los periodistas, y cuando Krauze quitaba la palabra a uno a otro candidato, sus formas hacían que en lo personal viniera a mi mente que probablemente se estaba dirigiendo en forma inapropiada a quien posiblemente será nuestro próximo presidente. Pero bueno, la dinámica de los debates está cambiando sustancialmente en nuestro país y quizá debemos ser más tolerantes a estas formas que desmitifican a los candidatos y los aterrizan en nuestra mente como verdaderos hombres de carne y hueso, eso puede ser saludable para tener gobernándonos a seres humanos y no los grandes tlatoanis a los que la costumbre política mexicana nos tiene acostumbrado a tratar.

Mi estimado y sesudo lector, debo decir que no me gustó el retratos moral con la descripción física que me dejó la cercanía que propició Anaya para con AMLO, el queretano tiene 39 años contra 64 del tabasqueño. Median entre ellos 25 años. La juventud vs la longevidad. Independientemente de los antagonismos políticos creo que Anaya cruzó una línea que debió de haber respetado con más contundencia. Que un joven confronte tan ostentosamente a un hombre de mayor edad creo que no es buena señal, amén de la sonrisa socarrona que el panista muestra cada que es confrontado, como proyectándose el dueño de la verdad. Tan mal los argumentos monolíticos de AMLO, no sale de la mafia en el poder y sus argumentos enlatados y prefabricados. Como tan mal la sonrisa irreverentemente socarrona de Anaya como su acercamiento físico grosero a un hombre de edad que merece absolutamente todo su respeto; diría Shakespeare que hay que ser y parecer.

Se vale ser un hombre airado, pero en los lugares que conviene serlo. Mal asesorado Anaya en este punto pues el mismo acercamiento hacia el candidato de Morena lo tuvo Meade pero sin el condimento de irreverencia que, a querer o no, proyecto el panista en su dialéctica para con AMLO.

La retórica y la prosa de todos los involucrados todavía estremece por su estridencia morbosa mas que por su alto contenido de propuestas, si las hubo pero el drama pesa más en nuestra memoria que la esencia que nos ayude a tomar la crucial decisión el próximo domingo 1º de julio.

Tracemos con información confiable, para nuestros próximos seis años, con pulso extraordinariamente frio e imparcial, el retrato fascinante de quien queremos que sea nuestro próximo primer mandatario. Nos podemos equivocar, y nos podremos levantar pero sería extraordinario, después de tantos azares, dar como país, un invaluable tiro de precisión.

El tiempo hablará.

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