Paranoias.

Invitado

En cualquier caso, sigue siendo cierto que de lo que se trata en la vida no es de entender bien al prójimo. Vivir consiste en malentenderlo, malentenderlo una vez y otra y muchas más, y entonces, tras una cuidadosa reflexión, malentenderlo de nuevo. Así sabemos que estamos vivos, porque nos equivocamos. Philip Roth.

Estamos inmersos en la espiral o maraña electoral que nos arrebata la atención todos los días, no gracias a nosotros, sino a pesar de nosotros, y en ese tenor desde el punto de vista electoral podemos afirmar en forma contundente, sin el menor atisbo de error que, como a nadie se le puede forzar para que crea, está la contraparte de ese aforismo que aterriza en que, a nadie se le puede forzar para que no crea. Retórica de la obviedad que traído a nuestra mente, ayuda mucho para nuestras posturas ciudadanas frente a la inminente elección del próximo 1º de julio.

Mi querido y dilecto lector, permítame decirle que por más que andemos desbocados en nuestros razonamientos y determinaciones de por quién votar, esto no descarta la posibilidad que conduce a no equivocarnos en la elección que hagamos. Esta deducción eminentemente empírica, basada en los últimos presidentes y gobernadores que hemos elegido, muchas veces con la certeza ilusa de nuestra creencia de que el líder elegido será el non plus ultra y una vez sentado en la fatídica y quizá hasta maldita silla presidencial, aflora como por arte de magia una serie de metamorfosis kafkianas, cambios en la conducta de 180 grados que nos dejan con un asombro porque simplemente ya no hay reversa. Y aunque AMLO propone la revocación de mandato cada tres años a mitad del sexenio con la pregunta de obligada respuesta binaria, de esas que no sabe responder Ricardo Anaya con un “si” o un “no” al cuestionamiento ¿Quieres que continúe el presidente?

No me queda claro si dicha acción de revocación de poderes sea auténtica, otra vez la eminente deducción empírica, pues comprobado está que quienes llegan al poder se enamoran tanto de él que difícilmente el demócrata que los habita querrá compartirlo con otros, si acaso con sus hijos o sus hermanos. Y en esa línea de revocar un poder que embelesa, fascina y enamora la existencia de quien lo posee, en verdad cree usted querido lector que la tan llevada y traída revocación va a ser espontánea y autentica, libre de cualquier indicio de manipulación de los pobres con sus cheques de dos mil quinientos pesos mensuales sin mover un dedo. Los comandantes de la legión de los profesionales de la pobreza se activarán desde el 2 de julio, en caso de ganar AMLO, y entonces como el pueblo quita y el pueblo pone, pues por qué no preguntarle cuando este por concluir su hipotético sexenio si quieren la revocación de la democracia. Puede parecer exagerado y hasta cómico pero de forma natural esa es la paranoia que persigue a muchos como consecuencia natural de las declaraciones ambiguas del candidato de Morena.

Quizá sea reiterativo con el siguiente comentario pero en alguna ocasión un hombre se acercó a un sabio griego para preguntarle sobre su elección en torno a dos mujeres, no sabía cuál escoger por esposa, el sabio griego le dice con un aire de desenfado y con una sonrisa de sabelotodo en un debate, tipo Ricardo Anaya: Escojas a quien escojas te vas a equivocar.

De acuerdo a nuestra propia historia de elecciones, existe la alta probabilidad de que a los dos años nos vamos a arrepentir y hasta sentir que pudimos elegir una opción mejor que la que hayamos tomado. Mi sesudo y dilecto lector esta probabilidad es muy, pero muy alta. Así que, sí o sí, nos vamos a equivocar. Traspasado un punto en la línea de tiempo, sentiremos el peso de un arrepentimiento inexorable y terroríficamente inevitable.

Así que entienda que como seres humanos y electores mexicanos ya no miramos directamente la realidad. Ni siquiera lo creemos necesario. Las imágenes de nuestro error electoral, sean de horror o de felicidad, solo interesaran para su posterior reproducción y difusión. Que conste que ya sabemos que tendremos estas consecuencias, pues somos un país que aspira a la democracia pero que no genera gobernantes demócratas. Quiero equivocarme, lo anhelo.

El tiempo y la tecnología mejoran y afinan nuestra capacidad de recordar las promesas de cada uno de los candidatos. Hoy fui obscuro y pesimista en el caso hipotético y muy probable, según las encuestas en las que no creo, de que gane el Señor López Obrador. Si éste es el destino irrevocable que tenemos, esperemos que nuestro horizonte no sea tan nebuloso ni este emparentado con la boca del lobo, cargada de obscuridad y temor. La credibilidad también se nos acabó. Espero que no se nos aplique aquella expresión de desesperanza, el último que apague la luz y cierre la puerta.

El tiempo hablará.

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